Lo que ocurre en Nigeria también nos interpela desde Euskadi

El conflicto armado y el cambio climático que afectan al noreste de Nigeria pueden parecer realidades muy lejanas. Sin embargo, las decisiones económicas, políticas y ambientales que se toman en distintas partes del mundo tienen consecuencias que atraviesan fronteras. Comprender esa interdependencia es también una forma de entender nuestro papel como ciudadanía global.
Este artículo forma parte de una serie sobre el noreste de Nigeria. Puedes leer la entrega anterior aquí: Las mujeres que sostienen la vida en medio de la crisis.
Un mundo mucho más conectado de lo que parece
Cuando pensamos en el noreste de Nigeria resulta fácil imaginar una realidad completamente ajena a la nuestra. Un conflicto armado prolongado, millones de personas desplazadas o comunidades que luchan por recuperar sus medios de vida parecen problemas lejanos.
Sin embargo, durante nuestra visita comprobamos hasta qué punto las dinámicas globales influyen en la vida cotidiana de estas comunidades.
Vivimos en un mundo profundamente interdependiente. Las decisiones que se toman en un lugar pueden tener efectos muy concretos a miles de kilómetros de distancia.
Cuando una guerra en Europa también llega a África
Un ejemplo claro lo encontramos en la guerra de Ucrania.
El conflicto alteró los mercados internacionales de cereales y fertilizantes, provocando un incremento de los precios que se dejó sentir en muchos países. Mientras en Europa el debate se centraba en la inflación energética o en el aumento del coste de la vida, en muchas comunidades rurales de Nigeria esas mismas dinámicas se tradujeron en un acceso todavía más difícil a los alimentos y a los insumos agrícolas.
Para familias que ya vivían en una situación de enorme vulnerabilidad, cualquier aumento del precio de las semillas o de los fertilizantes supone reducir las posibilidades de obtener una buena cosecha y, con ello, de garantizar su propia alimentación.
Las crisis globales no afectan por igual a todos los territorios. Pero rara vez permanecen confinadas allí donde se originan.
El cambio climático tampoco entiende de fronteras
Algo similar ocurre con el cambio climático.
En Borno y Adamawa escuchamos hablar de lluvias impredecibles, inundaciones, sequías prolongadas y cosechas perdidas. Son fenómenos que ponen en riesgo los medios de vida de miles de familias y que agravan una situación ya marcada por el conflicto armado.
Aunque los impactos sean muy diferentes, en Euskadi también empezamos a convivir con fenómenos meteorológicos cada vez más extremos. La DANA que afectó a distintas zonas del Estado en 2024 recordó hasta qué punto nuestras sociedades también son vulnerables frente a un clima cambiante.
Las consecuencias no son comparables. Las capacidades de respuesta tampoco. Pero el desafío es compartido.
No todas las personas parten del mismo lugar
Reconocer esa interdependencia no significa equiparar realidades muy distintas.
Las comunidades del noreste de Nigeria apenas han contribuido a generar la crisis climática global y, sin embargo, soportan una parte desproporcionada de sus consecuencias. Además, deben hacerlo en un contexto atravesado por la violencia, el desplazamiento forzado y una enorme fragilidad institucional.
Por eso hablamos de justicia climática.
No se trata únicamente de reducir emisiones. También implica preguntarnos quién asume los mayores costes de una crisis que afecta de manera desigual a los distintos territorios y poblaciones.
Una solidaridad que nace de la responsabilidad compartida
Desde Euskadi hablamos con frecuencia de transición ecológica, de igualdad, de defensa de los servicios públicos o de soberanía alimentaria. Son debates necesarios porque afectan directamente a nuestro presente y a nuestro futuro.
Las comunidades con las que trabajamos en Borno y Adamawa afrontan esas mismas preguntas desde condiciones mucho más frágiles.
Allí, garantizar el acceso al agua, mantener una cosecha o conseguir que una adolescente continúe estudiando puede marcar la diferencia entre reconstruir un proyecto de vida o verse obligado a empezar de nuevo.
Comprender esa realidad no significa sentir lástima ni pensar que existen soluciones sencillas. Significa reconocer que compartimos desafíos globales y que la cooperación internacional sigue siendo una herramienta imprescindible para afrontarlos de manera más justa.
Del análisis a la acción
Pero comprender las causas de una crisis no basta. La pregunta realmente importante es cómo acompañar a las comunidades para que puedan reconstruir sus vidas, fortalecer sus capacidades y decidir su propio futuro.
Ese es precisamente el trabajo que desarrollamos junto a JRS Nigeria y sobre el que profundizaremos en el último artículo de esta serie.