Las mujeres que sostienen la vida en medio de la crisis
En el noreste de Nigeria, el conflicto armado y el cambio climático no afectan por igual a toda la población. Las mujeres y las niñas soportan una parte especialmente intensa de sus consecuencias. Sin embargo, también son ellas quienes lideran muchas de las iniciativas que permiten a sus comunidades seguir adelante.
Este artículo forma parte de una serie sobre la realidad del noreste de Nigeria. Puedes leer la entrega anterior aquí: Cuando el conflicto y el cambio climático se alimentan mutuamente.
La crisis tiene rostro de mujer
Durante nuestra visita a Borno y Adamawa escuchamos muchas historias sobre desplazamientos, pérdida de cosechas o dificultades para acceder a los mercados. Pero había algo que aparecía una y otra vez en las conversaciones con las mujeres de las comunidades: casi todas las crisis terminaban aumentando la carga que ellas ya soportaban antes.
Cuando la lluvia escasea y los pozos se secan, son ellas quienes recorren distancias cada vez mayores para conseguir agua. Cuando una cosecha se pierde, son muchas veces ellas quienes reducen primero su propia alimentación para asegurar que sus hijos e hijas puedan comer. Cuando una familia pierde sus ingresos, también son ellas quienes buscan nuevas formas de sostener el hogar.
Las desigualdades existían antes del conflicto y antes de que los efectos del cambio climático se hicieran tan evidentes. Pero las crisis prolongadas las amplifican.
Decisiones difíciles en contextos extremos
En comunidades donde la agricultura apenas garantiza la subsistencia y la inflación ha disparado el precio de los alimentos, muchas familias se enfrentan a decisiones imposibles.
Cuando desaparecen los ingresos, algunas consideran el matrimonio temprano de sus hijas como una forma de reducir la presión económica o de ofrecerles una supuesta protección en un entorno inseguro.
Son decisiones que no pueden entenderse desde el juicio fácil. Nacen en contextos donde las opciones son extremadamente limitadas y donde la incertidumbre condiciona cada aspecto de la vida cotidiana.
Sin embargo, sus consecuencias son profundas. El abandono escolar, la dependencia económica y la pérdida de oportunidades consolidan desigualdades que pueden acompañar a esas niñas durante toda su vida.
La violencia también cambia de forma
Las crisis prolongadas no solo destruyen infraestructuras o medios de vida. También afectan a las relaciones dentro de los hogares y de las comunidades.
Varias mujeres nos hablaron de una realidad menos visible: el aumento de la tensión familiar cuando los hombres dejan de poder desempeñar el papel de principales proveedores debido al conflicto, el desplazamiento o la pérdida de ingresos.
La frustración, la incertidumbre y el estrés acumulado pueden incrementar el riesgo de violencia basada en género, precisamente en un contexto donde acceder a apoyo o protección resulta mucho más difícil.
Hablar de esta realidad es importante porque la violencia no termina cuando cesan los ataques armados. Muchas veces continúa dentro de los hogares y permanece invisible para quienes observamos estas crisis desde la distancia.
Las primeras en reconstruir
Sin embargo, reducir el papel de las mujeres al de víctimas ofrecería una imagen incompleta de lo que vimos durante nuestra visita.
En prácticamente todas las comunidades encontramos mujeres organizadas para afrontar colectivamente los desafíos cotidianos.
Ellas impulsan grupos de ahorro que permiten afrontar gastos imprevistos, ponen en marcha pequeños negocios para diversificar los ingresos familiares, crean redes de apoyo mutuo y acompañan a niñas y adolescentes que han abandonado temporalmente la escuela.
Son iniciativas modestas desde el punto de vista económico, pero enormes desde el punto de vista social. Ayudan a fortalecer la cohesión comunitaria y generan espacios donde compartir información, apoyarse mutuamente y encontrar soluciones colectivas.
En contextos tan frágiles, estas redes representan mucho más que un mecanismo económico: son una forma de reconstruir comunidad.
Una igualdad que también se construye en tiempos de crisis
La experiencia de estas comunidades nos recuerda que la igualdad de género no puede considerarse un objetivo secundario que solo se aborda cuando desaparecen las emergencias.
Al contrario. En situaciones de conflicto y desplazamiento, incorporar una perspectiva de género resulta imprescindible para comprender quién soporta mayores riesgos, quién tiene menos acceso a los recursos y quién sostiene buena parte de la recuperación colectiva.
Apoyar el liderazgo de las mujeres significa fortalecer la resiliencia de toda la comunidad.
Por eso, los proyectos que desarrollamos junto a JRS Nigeria integran de forma transversal la prevención de la violencia basada en género, el fortalecimiento del liderazgo femenino y la creación de espacios seguros donde mujeres y niñas puedan ejercer sus derechos y participar en la toma de decisiones.
Una realidad que también nos interpela
Las historias que escuchamos en Borno y Adamawa hablan de desigualdades que se agravan en tiempos de crisis. Pero también invitan a mirar más allá del noreste de Nigeria.
Vivimos en un mundo profundamente interdependiente. Las decisiones económicas, energéticas o climáticas que se toman a miles de kilómetros tienen consecuencias concretas sobre comunidades que apenas han contribuido a generar muchos de estos problemas.
