Cuando la vida se vuelve imprevisible: un viaje al noreste de Nigeria
En el noreste de Nigeria, el conflicto armado lleva más de quince años marcando la vida de millones de personas. Pero durante una reciente visita a Borno y Adamawa descubrimos que la violencia ya no es la única amenaza. En estas comunidades, donde la guerra y el cambio climático se entrelazan, la incertidumbre se ha convertido en parte del día a día.
Un viaje para escuchar
En enero viajé al noreste de Nigeria, a los estados de Borno y Adamawa, junto con el equipo de JRS Nigeria, con quien desde Alboan venimos trabajando desde hace siete años. El objetivo era visitar algunas de las comunidades con las que colaboramos y conocer de primera mano cómo afrontan una realidad marcada por el conflicto, el desplazamiento forzado y una creciente vulnerabilidad climática.
Durante aquellos días hubo una idea que apareció una y otra vez en las conversaciones con agricultores, docentes, líderes comunitarios y mujeres que participan en grupos de ahorro: la vida se ha vuelto imprevisible.
No era una frase dicha desde el dramatismo. Era la constatación de que planificar el futuro resulta cada vez más difícil cuando cualquier acontecimiento puede cambiarlo todo de un día para otro.
Una guerra que nunca terminó
Para muchas personas en Euskadi, el conflicto del noreste de Nigeria puede parecer un episodio lejano o incluso olvidado. Sin embargo, para quienes viven en Borno y Adamawa la guerra sigue formando parte de su vida cotidiana.
En 2009, el grupo armado Boko Haram inició una insurgencia que transformó profundamente esta región del país. Con el paso de los años aparecieron nuevas facciones, como ISWAP, y la violencia cambió de forma, pero nunca desapareció.
Durante estos años miles de personas han perdido la vida, cientos de comunidades han sido destruidas y millones de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares.
El secuestro de más de 270 niñas de una escuela de Chibok en 2014 convirtió durante unos días este conflicto en noticia internacional. Pero para las comunidades locales aquel episodio no fue una excepción, sino uno más entre muchos otros hechos similares que rara vez ocupan titulares.
La inseguridad forma parte de la vida cotidiana
Hoy la violencia no siempre adopta la forma de grandes ataques que ocupan portadas. En muchas ocasiones aparece de manera más silenciosa: emboscadas en carreteras, ataques esporádicos contra aldeas, amenazas constantes o artefactos explosivos improvisados que dificultan cualquier desplazamiento.
Como consecuencia, actividades tan básicas como cultivar un campo, llevar productos al mercado o acudir a la escuela dejan de ser acciones cotidianas para convertirse en decisiones cargadas de riesgo.
Varias personas nos explicaban que poseen tierras donde podrían cultivar, pero no se sienten seguras para hacerlo. Otras han tenido que abandonar sus hogares varias veces durante la última década. Algunas familias nos hablaban de tres, cuatro e incluso cinco desplazamientos distintos.
Cuando una comunidad debe empezar de nuevo una y otra vez, reconstruir una vida estable se convierte en un enorme desafío.
Mucho más que una crisis humanitaria
Es fácil pensar en una guerra únicamente en términos de víctimas, destrucción o ayuda de emergencia. Sin embargo, lo que observamos durante la visita fue algo más complejo.
El conflicto condiciona prácticamente todos los aspectos de la vida. Limita el acceso a la educación, dificulta el funcionamiento de los mercados, reduce las oportunidades de generar ingresos y debilita las redes comunitarias que ayudan a las personas a salir adelante en momentos difíciles.
La incertidumbre acaba instalándose como una forma de vivir.
A pesar de ello, también encontramos comunidades que continúan organizándose para seguir adelante. Mujeres que lideran grupos de ahorro, agricultores que prueban nuevas formas de cultivar y jóvenes que siguen apostando por estudiar a pesar de todas las dificultades.
En medio de tanta fragilidad, la capacidad de resistencia de estas comunidades resulta extraordinaria.
Una amenaza que no siempre vemos
Sin embargo, durante la visita hubo algo que nos sorprendió especialmente.
Esperábamos escuchar hablar constantemente de la violencia. Y, sin embargo, muchas conversaciones terminaban derivando hacia otro problema: las lluvias que ya no llegan cuando deberían, las cosechas perdidas, las inundaciones, la falta de agua o el aumento del precio de los alimentos.
Comprendimos entonces que el conflicto ya no explica por sí solo la realidad del noreste de Nigeria. Hay otra amenaza, mucho más silenciosa, que también está transformando profundamente la vida de estas comunidades.
