Cuando el conflicto y el cambio climático se alimentan mutuamente
La guerra sigue condicionando la vida en el noreste de Nigeria, pero ya no explica por sí sola la realidad de millones de personas. El cambio climático está agravando una crisis prolongada y haciendo mucho más difícil que las comunidades puedan reconstruir sus medios de vida.
Este artículo forma parte de una serie sobre la realidad del noreste de Nigeria. Si aún no has leído la primera entrega, puedes hacerlo aquí: Cuando la vida se vuelve imprevisible: un viaje al noreste de Nigeria.
Cuando la conversación deja de girar únicamente en torno a la guerra
Durante nuestra visita a Borno y Adamawa esperábamos escuchar muchas historias sobre el conflicto. Y, por supuesto, las escuchamos. La inseguridad sigue presente y continúa condicionando la vida de millones de personas.
Pero hubo algo que llamó especialmente nuestra atención. En muchas conversaciones, después de hablar de la violencia, las personas terminaban hablando de otra preocupación que condicionaba tanto o más su futuro: la lluvia.
No preguntaban cuándo acabaría la guerra. Preguntaban cuándo volverían las lluvias normales. Si podrían sembrar ese año. Si el agua volvería a inundar sus campos. Si habría suficiente cosecha para alimentar a la familia.
Fue entonces cuando comprendimos que la crisis que atraviesa el noreste de Nigeria ya no puede explicarse únicamente desde el conflicto armado.
Una tierra que ya no responde como antes
Borno y Adamawa son estados eminentemente rurales. La agricultura y la pequeña ganadería constituyen el principal medio de vida para miles de familias.
Durante generaciones, el calendario agrícola se apoyó en un patrón relativamente estable de lluvias. Hoy ese patrón prácticamente ha desaparecido.
Las precipitaciones llegan más tarde de lo esperado, se concentran en pocos días o, simplemente, no llegan. Cuando finalmente aparecen, con frecuencia lo hacen de forma torrencial, provocando inundaciones que destruyen viviendas, carreteras y campos de cultivo.
En 2024, más de un millón de personas resultaron afectadas por las inundaciones en esta región del país. Lejos de tratarse de un episodio aislado, estos fenómenos extremos se están convirtiendo en una constante.
Al mismo tiempo, las sequías son cada vez más prolongadas y los suelos pierden fertilidad. La tierra continúa siendo el principal recurso de las comunidades, pero ya no ofrece las mismas oportunidades que hace apenas unas décadas.
Cuando una crisis agrava a la otra
Sería un error pensar que el conflicto armado y el cambio climático son dos problemas independientes.
La guerra dificulta que muchas personas puedan acceder con seguridad a sus tierras, acudir a los mercados o transportar sus productos. Incluso cuando las condiciones climáticas permiten cultivar, la inseguridad impide hacerlo con normalidad.
Al mismo tiempo, los impactos del cambio climático reducen las cosechas, aumentan el precio de los alimentos y generan una presión creciente sobre recursos cada vez más escasos.
El resultado es un círculo del que resulta muy difícil salir.
Una mala cosecha obliga a vender parte del ganado o las herramientas de trabajo. La siguiente temporada comienza con menos recursos. Si además una inundación destruye los cultivos o la inseguridad obliga a abandonar la comunidad, las posibilidades de recuperación disminuyen todavía más.
No son dos crisis paralelas. Son dos crisis que se alimentan mutuamente.
Desplazarse una y otra vez
Las consecuencias de esta combinación van mucho más allá de la pérdida de ingresos.
Más de tres millones de personas continúan desplazadas internamente en Nigeria, la mayoría en el noreste del país. Muchas familias han tenido que abandonar sus hogares en repetidas ocasiones durante los últimos quince años.
Cada desplazamiento implica empezar de nuevo.
Significa perder tierras, herramientas, redes familiares y oportunidades educativas. Significa reconstruir una vivienda sabiendo que quizá dentro de unos meses haya que volver a marcharse.
Y significa hacerlo cada vez con menos recursos y con menos capacidad para afrontar una nueva crisis.
Por eso, cuando hablamos de desplazamiento forzado, no hablamos únicamente de movimiento físico. Hablamos también de la pérdida progresiva de estabilidad, de proyectos de vida y de oportunidades de futuro.
La resiliencia también necesita oportunidades
Existe una idea muy extendida según la cual las comunidades acaban acostumbrándose a vivir en situaciones de crisis prolongadas.
Nuestra experiencia durante la visita muestra algo distinto.
Las personas desarrollan enormes capacidades para adaptarse, pero esa resiliencia tiene límites. No basta con la voluntad cuando faltan semillas, herramientas, acceso al agua o condiciones mínimas de seguridad.
Las comunidades siguen buscando soluciones. Adaptan los cultivos, diversifican sus ingresos y fortalecen sus redes de apoyo. Sin embargo, cuanto más se prolongan las crisis, más difícil resulta sostener ese esfuerzo.
Por eso es tan importante apoyar procesos que permitan reconstruir medios de vida y reducir la vulnerabilidad antes de que la siguiente emergencia vuelva a golpear.
Una crisis que tampoco afecta igual a todas las personas
Pero incluso dentro de una misma comunidad, los impactos no son iguales.
Durante nuestro viaje comprobamos que las mujeres y las niñas soportan una parte especialmente intensa de las consecuencias del conflicto, el desplazamiento y el cambio climático. Mientras aumentan las dificultades para acceder al agua, producir alimentos o mantener ingresos estables, también crecen los riesgos de violencia, exclusión y abandono escolar.
