La Basu: pionera del rap en euskera y una voz por la igualdad

Elena Caballero Villanueva, más conocida como La Basu, fundó en 1999 el primer grupo de rap formado íntegramente por mujeres en Euskal Herria. Treinta años después, sigue peleando por hacer del hip-hop un espacio libre, feminista y coherente. En el último episodio de A Contracorriente hablamos con ella de Kurdistán, de barrios obreros, de salud mental y de por qué nunca ha dejado de escribir.
De un contenedor de basura a un referente
Hay apodos que nacen de una anécdota tonta y acaban convirtiéndose en una bandera. El de La Basu es uno de ellos. Todo empezó en un corro de rap improvisado en la calle, después de un concierto: Elena, que es muy bajita, se subió con un amigo a la tapa de un contenedor de basura para poder ver algo por encima de las cabezas. La tapa cedió y los dos acabaron dentro. De ahí salió el mote.
Pero fue un periódico el que le dio su significado definitivo. En una época en la que se daba por hecho que no había mujeres haciendo rap, La Basu leyó cómo hablaban de "el rapero Vasu" sin saber que era una mujer. Decidió quedarse con el apodo, precisamente, para que quedara claro que sí las había.
Jungla Urbana, o cómo hacerse un hueco a base de insistir
A finales de los 90, en una Euskal Herria industrial dominada por el rock, una Elena de apenas 16 años empezó a escribir. Lo hacía a escondidas, en un cajón, hasta que un casete mal grabado que le llegó un verano en Burgos le hizo darse cuenta de que aquello que escribía tenía nombre: rap.
De vuelta en Bilbao, se encontró rodeada casi exclusivamente de chicos. Como no la dejaban rapear con ellos, tomó una decisión sencilla y radical a la vez: formar su propio grupo. Así nació Jungla Urbana, cinco chicas dando conciertos con más ganas que técnica. "Éramos muy malas, pero teníamos muchas cosas que decir", recuerda hoy, entre risas, sobre aquellos inicios que ella misma describe como pura supervivencia.
El grupo no duró, pero el efecto sí: otras chicas empezaron a montar sus propios grupos de rap y de grafiti al verlas a ellas. La grieta en el muro ya estaba abierta.
Kurdistán: rapear en euskera al otro lado del mundo
Treinta años después de aquellos primeros conciertos, La Basu se ha convertido en la primera mujer rapera en actuar en euskera en Kurdistán. Viajó hasta Diyarbakır para tocar en un festival junto a artistas locales y compartir escenario con mujeres kurdas que viven su propia lucha por la lengua y la cultura.
Lo cuenta como una experiencia que todavía le cuesta procesar: llegó con panderos e instrumentos vascos a un contexto donde el público está acostumbrado a escuchar sentado, y acabó rompiendo esa quietud a base de rap. Más allá de la música, se queda con algo distinto: poder ver de cerca, y no solo a través de las noticias, la realidad de las mujeres que sostienen esa lucha desde dentro.
Un barrio obrero como brújula
Etxebarri, un pueblo obrero de toda la vida, es el punto de partida al que La Basu vuelve siempre. Frente al imaginario del rap importado de Estados Unidos —coches, dinero, gángsters—, ella ha construido su discurso desde lo contrario: contar solo lo que ha vivido.
Esa coherencia se ha traducido también en treinta años de autogestión, sin sellos ni industria detrás. "Cuando empezaron las cosas a funcionar, vinieron todos. Ahora no os necesito", dice sobre una industria musical que, según denuncia, exprime a los artistas y los abandona en cuanto dejan de ser rentables. Prefiere llegar más lejos, aunque eso signifique no llegar a los grandes festivales que, dice, tienen el monopolio del sector.
El feminismo no es un adorno, es el discurso
En sus letras hay una idea que se repite: el rap no es machista, lo son las personas que escriben letras machistas. Por eso, para La Basu, hacer rap feminista hoy no es una moda ni una etiqueta, sino una urgencia, sobre todo frente al auge de discursos de extrema derecha que también han empezado a colarse en la cultura urbana. Su respuesta es clara: un rap que no sea antifascista, dice, no es rap para ella.
Esa misma coherencia le ha llevado también a callarse cosas. Reconoce que hay historias que no ha contado nunca en público porque hacerlo tendría consecuencias legales; menciona la censura que rodea a parte de la escena del rap vasco, con compañeros que han pasado por prisión por sus letras. No se siente completamente libre para decir todo lo que querría, pero sí, dice, se siente libre encima del escenario.
Parar para poder seguir
La trayectoria de La Basu no ha sido una línea recta. Ha dejado el rap varias veces, siempre por salud mental, cansada de tener que dar la cara constantemente y de pelearse con el mundo. Y siempre ha vuelto, porque para ella escribir no es una opción, es una necesidad. "Si no cuidas tu cabeza, no la va a cuidar nadie", resume.
Ese vaivén entre parar y volver es, quizá, la clave de una trayectoria que ella misma resume en una sola palabra cuando le piden un título para su historia: supervivencia. Supervivencia hacia la libertad de una misma.
Todas las que la sostuvieron
Preguntada con quién compartiría escenario para cantar el tema de su vida, La Basu no duda: con toda la gente que ha confiado en ella durante todos estos años, aunque no entendieran del todo lo que estaba haciendo. "A veces solas no podemos, pero con las amigas sí", dice.
El episodio termina con un cierre que pocas entrevistas pueden ofrecer: La Basu improvisa unas barras en euskera, dedicadas a las mujeres que, como ella hace treinta años, siguen abriéndose camino sin referentes en los que mirarse.



