Mujeres tejiendo paz en Venezuela

Alboan Alboan
20/02/2017
Luisa Pernalete, Fe y Alegría Venezuela

Entrevista a Luisa Pernalete, de Fe y Alegría Venezuela

Luisa Pernalete lleva vinculada a Fe y Alegría toda una vida desde que comenzara a trabajar como profesora en un colegio de Fe y Alegría en Zulia en 1974. En la actualidad dirige el Centro de formación Padre Joaquín de Fe y Alegría en Caracas donde en 2009 puso en marcha Programa Madres Promotoras de Paz, MPP. Este programa surge de la necesidad de trabajar con las familias en el diseño de una estrategia para prevenir, reducir y erradicar los diferentes tipos de violencia.

Fe y Alegría está presente en zonas populares de 170 localidades de Venezuela y, salvo los centros situados en zonas indígenas de la selva, se trata de entornos muy violentos. Venezuela posee una de las tasas de homicidios más elevadas de América Latina. Mientras que en la Unión Europea se estima que dicha tasa es de 2 personas por cada cien mil habitantes, en Venezuela, según fuentes oficiales se registran 60 homicidios por cada cien mil habitantes, y la cifra sube hasta 90 según fuentes no gubernamentales. Aunque Madres Promotoras de Paz nació en Maracaibo en la actualidad se desarrolla a nivel nacional con grupos en: Caracas, Valencia, Maracay y en la isla Margarita.

 

Pero ¿por qué empezar con la familia?

Para lograr la paz debemos trabajar con toda la comunidad educativa: profesorado, familias y jóvenes. Decidimos que era fundamental trabajar con las familias porque todo el mundo le echa la culpa a la familia, y más concretamente a las madres… pero nadie les echa una mano. Hasta ese momento habíamos trabajado el de manejo de conflictos encaminado a mejorar la convivencia y el rendimiento en los colegios. En esta ocasión hemos querido diseñar un itinerario que nos permita comprender que el fenómeno de la violencia es multifactorial y complejo.

Dentro del programa  MPP realizamos un curso denominado “Curso básico de Promotoras de Paz” que se compone de varias fases o niveles. El primer nivel es el personal y está orientado a sanar las propias heridas y para descubrir las posibilidades que cada persona posee. El pilar de nuestra propuesta descansa sobre las “erres” de la educación para la Paz: Reunirse, porque en soledad no se llega a ninguna parte; Respirar profundo; Reírse, una vez que sanamos nos reímos mucho; Resolver los problemas por vía pacífica; Reconciliarse y Responsabilizarse. Ésta última es una aportación de una de las madres participantes que dijo: “Si no queremos seguir recibiendo violencia ni fomentándola, debemos responsabilizarnos de nuestras acciones”.

A continuación entramos en el nivel de las Comadres. La figura de la comadre en Venezuela es muy importante y lleva implícito un alto grado de complicidad y compromiso. En este nivel la madre tiene que intentar comprender a sus hijos e hijas sobre todo durante la adolescencia. En esta fase es importante tratar de mejorar la comunicación y de estudiar cuales son los riesgos de violencia que existen en la comunidad y en casa. Lo llamamos nivel de las comadres porque estamos juntas la profesora y la madre. La profesora se convierte en madrina de los y las jóvenes y eso nos convierte dos mujeres que confían la una en la otra y que se apoyan.

Al finalizar el curso llegamos al nivel de las políticas públicas en el que las madres participantes se hacen conscientes de que tienen derecho como ciudadanas a vivir en Paz, se hacen conscientes de que hay un Estado que deber garantizar la seguridad a sus ciudadanos y ciudadanas para que puedan, por ejemplo, pasear por las calles sin sufrir un ataque. A través de la propuesta formativa queremos conseguir que la gente conozca sus deberes y derechos, así como fundamentos básicos de organización comunitaria.

 

Y después de la formación, ¿Qué tipo de propuestas llevan a cabo las Madres Promotoras de Paz?

Al concluir el curso ya están listas para realizar un diagnóstico de sus comunidades, de ver qué riesgos existen y sobre cómo pueden incidir como madres. No les corresponde perseguir a gente armada o a narcotraficantes, pero si pueden y deben exigirle al Estado que lo haga. Hay grupos de madres trabajando por el derecho al ocio, otro grupo está intentando que se construya un parque infantil en su comunidad. La iniciativa más popular es una en la que llevan tres años organizando un plan vacacional en el que participan trescientos niños y niñas. Se trata de una comunidad muy pobre pero se las arreglan para conseguir dinero, consiguen que la gente aporte lo que buenamente puede y que colaboren en la construcción de paseos, en la dinamización de actividades…

Otra cosa que aprenden a lo largo del proceso es hacer alianzas y a manejarse con los medios de comunicación, que les pueden ser de ayuda en sus demandas y propuestas. Pero además estos grupos se han convertido en un símbolo de esperanza. Porque son madres que se alían con profesoras y profesoras en entornos muy violentos, y sin embargo hacen cosas buenas por su comunidad. Porque hasta que llegue el momento en que el Estado se responsabilice y despliegue las políticas públicas necesarias no podemos dejar que sigan matando a nuestros jóvenes. Tenemos que ser conscientes de que la violencia no es algo natural, sino que es aprendida. Y lo que se aprende se puede desaprender.

 

Madres Promotoras de Paz, ¿consiguen conectar con sus hijos e hijas?

Esa es la parte más importante, la mejora de las relaciones familiares. Las participantes toman conciencia de su papel como victimarias, como responsables de violencia, en las rutinas diarias: la forma de hablar, las palabras, los gritos… Durante las formaciones hacemos ejercicios en los que no se reprende a nadie sino que se ponen de manifiesto las formas de hacer y de relacionarse que no siempre son las más idóneas para los y las jóvenes.

 

¿Cuál ha sido la respuesta de los y las jóvenes?

Muy buena. Uno de los primeros grupos que se formó reúne en la actualidad cerca de 300 muchachos y muchachas. Los primeros participantes son ahora los y las dinamizadoras y se va generando un nivel de cooperación muy bonito. En agosto del año pasado, 2016, se realizó una acción en colaboración con pequeños comercios del barrio, hicieron murales en el barrio y, sobre todo, aprendieron a hacer cosas en comunidad.

Es muy importante replicar este tipo de iniciativas y que se sumen otras personas, que quizás no tienen un alto nivel de implicación, pero que colaboran y llevan a cabo pequeñas acciones. Lo importante es que se junten y que sientan que tienen amigas dentro de la comunidad. Eso en el marco de un país donde la violencia nos ha hecho desconfiar a unos de otros, es muy importante, ya que significa recuperar el tejido social.

 

Luisa, ¿Cómo ves el futuro del programa?

Estamos trabajando para poner en marcha un plan de formación de personas facilitadoras, para poder replicar esta experiencia en muchos más sitios. Necesitamos equipos en las ciudades más violentas del país, que es donde vamos a continuar el trabajo. También ofrecemos esta experiencia a comunidades que no tienen nada que ver con Fe y Alegría. Está el libro, hay una guía digitalizada para que puedan ver de qué se trata. No son charlas, son más bien ejercicios: es compartir, es regenerar el tejido social destruido por la violencia, y por eso necesitamos tener mucho rato para conversar entre los participantes… A veces vienen hombres, papás… también los aceptamos. A veces me preguntan: “¿Y por qué os orientáis a madres y no a los padres?” Pues porque son ellas las que van a las reuniones, es así de simple.

Ahora estamos en una segunda fase de formación, hay algunos grupos formados y vamos a ver si podemos replicarlo en el exterior. Una vez al año nos juntamos las que podemos en Caracas para intercambiar impresiones. Es un encuentro, no un congreso. Nos reunimos en un parque y nos ponemos a ver en qué está cada grupo. En educación popular no hablamos de copiarnos sino de compartir

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