Testimonio desde Guatemala

Alboan Alboan
26/04/2013
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Crónica escrita por Aloña Braceras

Aloña Braceras

"Dos meses después de llegar a tierras guatemaltecas, mando noticias de lo vivido en las últimas semanas."

Llevo ya dos meses realizando el curso para acompañantes y formadores (PAF) que los jesuitas ofrecen en el instituto centroamericano de espiritualidad, ICE-CEFAS (www.icecefas.com). Somos un grupo de 50 personas, de 19 países distintos, que vamos compartiendo camino y procesos más el equipo de acompañantes y formadores que nos lo están facilitando.

Dentro del programa hay dos momentos muy especiales de contacto tierra, digo yo, que son el viaje al Salvador de Monseñor Romero, coincidiendo con el aniversario de su asesinato, y la misión de Semana Santa, en la que somos mandados en grupos de cuatro a distintas y diversas comunidades de esta Guatemala que nos acoge.

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Ambos viajes me han acercado y reconciliado con una Iglesia de los mártires, mártires de nuestro tiempo, que tan lejano y ajeno lo vemos en occidente.

En el viaje al Salvador tuvimos la suerte de poder contar con testimonios de personas que colaboraron y conocieron de cerca a Monseñor Romero, y son memoria viva de los sucesos que marcaron a todo un país, a toda una generación. También estuvimos y escuchamos a personas que vivieron de cerca el asesinato de los jesuitas en la UCA, y escuchamos testimonios sobre mártires anónimos que dieron la vida por aquello que dotaba de sentido pleno a su existencia.

Creo que por fin, la frase de “la verdad os hará libres” ha adquirido pleno significado para mí; y desde ahí me interpela y me invita a vivir desde la verdad, desde la libertad que da asumirla, enfrentando a los miedos que nos acomodan y nos adormecen.

Para rematar el viaje, hicimos un pequeño alto en el Pacífico donde pudimos bañarnos y quitarnos, quitarme, el mono de respirar el mar, su espacio, su horizonte, su libertad .

De regreso del Salvador y sin tiempo para asimilar lo visto, escuchado, palpado nos preparamos para ir al encuentro de las comunidades con la premisa de estar abiertas al regalo que cada persona, cada comunidad tiene para mí, y yo para ella.

Yo he tenido la suerte de ir a San Miguel Ixtahuacan, al occidente del país, a unos 300 km y 12 horas de viaje ininterrumpido de la capital, cerca de la frontera con México.

San Miguel es una parroquia de la etnia Mam de los maya, comunidad en resistencia en contra de la minería que se lleva del país la riqueza de la madre tierra que es de todos y y de nadie y deja un hábitat natural contaminado y muerto. La dirige el Padre Eric, un belga que lleva 27 años viviendo en la comunidad, y es reconocido por la gente como un padre que, por fin, vino a servir y no a ser servido, y viene realizando entre tantas otras cosas un trabajo bien bonito de recuperar el mam como idioma que transmite y comunica fe y vida y manifestaciones culturales que son oración, introduciéndolos en la liturgia y devolviéndoles el valor que poseen.

Han sido 6 días llenos de encuentro, apertura, novedad y regalo, que han hecho de ésta una experiencia sentida de las que dejan huella y muchas cosas a revisar en mi propia vida. Por rescatar dos aprendizajes una sería la de la vivencia de lo comunitario y la segunda la de vivir siendo persona integrada.

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La vivencia de lo comunitario en relación a pensar, a decidir, a trabajar asumiendo como criterio central el bien de la comunidad por encima de mi bien individual. ¿Lo que hago me beneficia únicamente a mí o revierte en beneficio de toda la comunidad (presente y futura)? Y en compartir lo poco que pueda tener para que sepa más rico y para que los que tengan menos también tengan. Es la acogida incondicional del otro, porque soy capaz de ver al Dios de Jesús en el otro que es mi hermano, es mi hermana.

Testimonios desde GuatemalaVivir siendo persona integrada: es una invitación a vivir plenamente, sin compartimentar las dimensiones que hacen que sea quien soy. A vivir en plenitud, a darme en plenitud en todo aquello en lo que hago, sin parcialidades, sin enseñar partes de mí según el espacio y el momento, sino siendo, dándome, recibiendo desde un todo que me da sentido, que me da piso donde pararme.

A la vuelta de la misión retomamos los talleres que marcan la rutina de mis semanas. Y por “simple” que parezca el tema a tratar siempre toca y deja fruto. Me imagino, y así lo espero también, que lo vivido esta Semana Santa seguirá dando fruto, y fruto en abundancia, aunque me temo que hasta que no vuelva a casa no veré de verdad el calado de todo esto: si realmente hubo transformación o no.

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