De terremotos y volcanes

Alboan Alboan
05/05/2015
nepal

María Guijarro . Responsable de Comunicación de ALBOAN.

Hace más de 10 años escribí este sencillo artículo sobre las catástrofes humanitarias y sus consecuencias dependiendo el lugar del mundo donde ocurran. Desgraciadamente lo que se dice en estas líneas se puede aplicar íntegramente a la tragedia de estos días en NEPAL. Quizá a alguna de las personas que lo leáis os sirva de reflexión.

Estos días estamos siendo testigos de la catástrofe humanitaria que se está produciendo en la ciudad congoleña de Goma. La lava del volcán Nyragongo ha puesto de manifiesto una vez más, la vulnerabilidad extrema en la que viven y sobreviven las poblaciones más pobres de nuestro planeta. Pero, desgraciadamente, ésta no ha sido la única ocasión en la que la sabia naturaleza nos abofeteaba con ríos de realidad a lo largo de este último año.

El día 26 de enero se cumplió el primer aniversario de una de las mayores catástrofes naturales de la última década. Ocurrió en la India y asoló parte del Estado de Gujerat. El terremoto provocó un gran desastre, murieron entre 20 y 30.000 personas, quedaron miles de casas destruidas y las infraestructuras de ese área dañadas. Esta zona semidesértica sufría entonces una terrible sequía. Una desgracia que sucedía a otra anterior, pues sólo dos años antes un ciclón descargaba lluvias torrenciales sobre la región, empujaba el mar varios kilómetros tierra adentro y mataba 10.000 personas, muchas de ellas empleadas en las salinas que se extienden a lo largo de la costa.

También recordamos en estas fechas los terremotos ocurridos en El Salvador hace ahora un año. En ese país, las fuerzas de la naturaleza ocasionaron más de 1.000 muertos, 8.000 heridos, millón y medio de damnificados y más de dos mil millones de dólares en pérdidas materiales. Por supuesto, tras el desastre, la situación de pobreza se ha agudizado.

Ante tal cúmulo de desgracias es difícil no preguntarse cómo puede ocurrir todo esto siempre en las mismas zonas, cómo sus gentes son capaces de soportar tanto sufrimiento. Pero todavía surgen más preguntas cuando se recuerdan otras catástrofes naturales que no han provocado las mismas consecuencias para la población. Por ejemplo, Estados Unidos vivió el año pasado un terremoto de intensidad muy parecida al ocurrido en la India y únicamente una persona perdió la vida, y debido a un ataque al corazón.

Lo que diferencia a unas situaciones de otras no es la catástrofe natural en sí, sino la realidad existente antes de que se produjera este hecho extraordinario, la capacidad de reaccionar ante el mismo, la vulnerabilidad de la población, las instituciones, las infraestructuras...

Sigamos con el caso de la India. Las personas que viven en Kutch, la zona afectada por el terremoto, son en su mayoría muy pobres, su economía no deja de ser de mera supervivencia, no tienen capacidad para cambiar las cosas ni para ser importantes para sus gobernantes. Como ha quedado reflejado en un estudio realizado por el “Behavioural Science Centre” de Ahmedabad y por el “Indian Social Institute” de Nueva Delhi ¾titulado “La percepción de las comunidades marginadas en las actividades de ayuda tras el terremoto”¾, las poblaciones pobres han quedado totalmente al margen de las ayudas e indemnizaciones proporcionadas por el Estado a la víctimas del terremoto. Calculan que sólo un 2% de los afectados pertenecientes a los grupos marginales (adivasis o indígenas, dalit o intocables, miembros de castas bajas y minorías religiosas) recibió ayuda del gobierno en las fases de emergencia y post-emergencia. Los principales beneficiarios han sido las personas pertenecientes a las castas altas y con un elevado nivel económico.

De nuevo las diferencias entre ricos y pobres se agrandan: los pobres lo han perdido todo en la mayoría de los casos y no han recibido compensaciones. Los ricos, si es que han sufrido, han visto cómo se les indemnizaba, y se puede decir que ahora son más poderosos que antes, ya que su posición en la sociedad se ha fortalecido. Ahora cuentan con una situación de ventaja muy superior respecto a los pobres y los abusos no han dejado de producirse: expulsión de pueblos enteros, compra de tierras a un precio mucho más bajo, monopolio en los accesos al agua, etc.

El trabajo de muchas ONG ha ido destinado sobre todo a atender a estos sectores de la población marginados. Aparte de proporcionar cobijo, de reparar pozos y de repartir alimentos, mantas y medicinas, hemos apoyado desde el principio, actividades y procesos para fortalecer a esta población frente a sus dirigentes, para que sus derechos como ciudadanos sean respetados.

En India, El Salvador o República Democrática del Congo, el objetivo es reducir la vulnerabilidad de estas personas. Si hoy reciben apoyo a sus iniciativas de desarrollo sostenible, si hoy abogamos por un fortalecimiento de sus comunidades, si hoy denunciamos de una manera constante su situación, mañana, las gentes de India, El Salvador o Congo podrán construirse casas que resistan un terremoto, tendrán recursos para sobrevivir a la lava de un volcán y si volviera a producirse, estarían protegidos, sus casas serían sólidas y bien localizadas, podrían reducir su inseguridad y mitigar su vulnerabilidad.

En definitiva, no volverían a ser víctimas y nuestra memoria, selectiva y caprichosa, no tendría que hacer el esfuerzo de recordarlos en cada aniversario de muerte, desolación y pobreza.

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