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Gujerat - India

Entrevista Ignacio Galdos s.j.

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“La actitud del misionero debe de ser siempre de alegría” 

Aprovechando su visita a la sede de ALBOAN en Bilbao, tuvimos la oportunidad de conversar con el jesuita Ignacio Galdos sobre su trabajo en Gujerat. Estas fueron algunas de sus impresiones: 

¿Cómo fue tu llegada a Gujerat y tu primer contacto con la población adivasi?

Vine a la India en el año 1951, con veinte años. Llegamos con una ilusión enorme, soñando con realizar grandes hazañas. Creíamos que podíamos conquistar la India, pero al final ha sido la India la que nos ha conquistado. Amamos la India y a los gujeratis, pero la que nos ha dejado una huella más profunda ha sido la población adivasi.

En el año 1964 comenzamos a trabajar junto a los adivasis. Recuerdo que el Padre Provincial tomó un mapa y me dijo: “Oye Galdos, tienes que desarrollar esta zona al sur de Gujerat”. Además de no conocer la zona, fuimos allí sin dinero, sin tierras y sin una casa donde alojarnos. Llegamos a Baruch en tren, primero en uno grande y luego en otro pequeño. Y después a andar. Íbamos de pueblo en pueblo, andando. Yo tenía un compañero adivasi que se llamaba Amir y él me presentaba a la gente. Para acercarme a la gente yo llevaba un magnetófono, que era el primero que se veía por aquella zona. Se ponían muy contentos cuando les pedía que cantaran o dijeran algunas palabras y después escuchaban su voz grabada. Quedaban cautivados. Como se corrió la voz, me llamaban para que acudiera a los pueblos. De esa manera, gracias al magnetófono conseguí entrar en los pueblos adivasis. Ellos me daban de comer, me daban una estera para dormir y al día siguiente partía con mi mochila, de pueblo en pueblo, para hablar con la gente.

¿Y de qué hablabais con la gente?

Sobre todo, hablábamos de la educación, porque la situación era catastrófica en este ámbito. En aquellos pueblos había algunas escuelitas pero, tras cuatro o cinco cursos, los niños y niñas adivasis salían sin saber leer ni escribir. Fue entonces cuando empezamos a acoger niños y niñas en el internado. Sin embargo, el internado se encontraba en Baruch, en el litoral, donde vive la gente de casta alta y muy lejos de las zonas adivasis. Por lo tanto, decidimos que teníamos que ir a los pueblos y vivir con la población adivasi.

Poco a poco comenzamos a trabajar en el área adivasi y un hindú, que oyó que un misionero extranjero se movía por aquella zona, me vino a hablar. Me dijo que había oído hablar de los jesuitas, que eran muy buenos educadores. Me dijo también que había pecado mucho en la vida y que el peso de sus pecados era muy fuerte. Por eso, para aliviarse de ese peso, nos regaló diversas tierras, para que abriéramos allí escuelas e internados. De esta manera, gracias a este hindú tan devoto, comenzamos con un pequeño internado en Zankhvav y en otras zonas del sur de Gujerat. Después comenzamos a abrir colegios. Nuestra propuesta es muy clara, no hay desarrollo sin educación. En 1985 abrimos una institución en Bardipada, una de las zonas más atrasada de la región. En aquel entonces conseguí a duras penas que 25 niños y dos niñas acudieran a nuestra escuela de educación primaria. Hoy tenemos 348 niños y 312 niñas. En aquella zona en la que no había colegios, hemos comenzado el año pasado a impartir 11º curso y este año abrimos el 12º curso, completando así el ciclo preuniversitario. Es mas, tenemos que decir a muchos y niñas que no tenemos sitio, porque tenemos muchas más peticiones de las que podemos atender. Y eso no solo ocurre en Bardipada, sino también en Unai, en Pimpri, en Subir… Estamos viviendo un resurgir del pueblo adivasi. Entre nuestro alumnado han salido médicos, ingenieras, abogadas, maestros…En Bardipada estamos muy orgullosos de que entre nuestros catorce maestros y maestras, diez son antiguos alumnos y alumnas. Eso nos da mucho ánimo y alegría.

¿Cómo ha cambiado vuestro trabajo en todos estos años?

Ha cambiado mucho. Compramos tierras para levantar nuestras instituciones, tenemos jeeps para andar de pueblo en pueblo… Por las mañanas solemos estar en la oficina y,  a eso de las cinco de la tarde salimos hacia los pueblos, donde nos reunimos con la gente, discutimos sobre sus problemas, oramos, y a veces incluso cantamos y bailamos. Nos dan de cenar y sobre las diez y media nos volvemos.

¿Tras más de cincuenta años de trabajo en la India, conservas el mismo entusiasmo que cuando llegaste?

Yo siempre digo que queremos trabajar allá y morir allá. Pero morir con sueños, porque vivir sin sueños es lo peor que le puede pasar a una persona. Hay que mantener siempre las esperanzas, pero no solo para uno mismo, sino compartir las esperanzas, el entusiasmo y la alegría con las demás personas. En este sentido, la actitud del misionero debe de ser siempre de alegría. Cuando estamos con los adivasis, ellos deben sentir que estamos felices a su lado. Si vas con cara larga, la gente se da cuenta. Hay mucho analfabetismo, pero la población adivasi es muy sabia y eso hay que respetarlo.

Por eso, hemos trabajado mucho en cuestión de inculturación; no se trata de ir a enseñar sino a aprender. Es fundamental tener esa ilusión por ser aprendices de su cultura. En este sentido, entiendo la cultura como la relación que tiene el ser humano con todo el universo, con la familia y con Dios. Por ello, no hay culturas atrasadas ni avanzadas. Aquella que da más alegría, más felicidad y más bienestar, esa es la mejor cultura. Por eso, no tiene sentido cuando se dice que los adivasis son una cultura atrasada. Serán pobres, pero también son avanzados en muchas cosas, como en su capacidad de entender la verdadera naturaleza de la humanidad. Por eso, yo muchas veces acudo a ellos en busca de consejo. Pero no solo necesitamos consejo, sino que todas las personas necesitamos también amor. No puedes ir en plan “nosotros amamos a los adivasis”, sino que tienes que ir a aprender de ellos y a recibir su amor. Entonces eres feliz, y ellos también lo son. Si vas en plan de dador, eso no funciona. 

¿Qué valores puede aportar al resto del mundo una cultura como la adivasi?

Lo primero que nos enseñan es paciencia, aguantar, no perder los estribos cuando las cosas no van bien. Tienen mucha fuerza para resistir. Además, tienen una alegría inmensa a pesar de contar con muy poquitas cosas materiales. Ese afán de tener la mejor casa, el mejor coche, las mejores vacaciones… no va con ellos. No, allá viven más en comunidad, con un espíritu de hermandad, de ayudarse… Cuando uno se ponía enfermo, en la carreta de bueyes no iban uno o dos, sino que muchas veces las carretas traían al enfermo y a diez o doce personas del pueblo. Son muy solidarios, saben ayudarse mutuamente.

Antes de que nosotros fuéramos allá y hablásemos de que Dios es padre y todos somos hermanas y hermanos, la semilla del evangelio ya estaba allá, Jesús ya estaba dentro de sus corazones y de sus vidas. Es decir, nuestro trabajo como misioneros no consiste en traerles a Cristo, sino que se trata de descubrir a Jesucristo y los valores del Evangelio en ellos, que ya los tienen. Y reforzarlos, admirarlos y alabarlos, porque han vivido hundidos durante siglos. Cuando empezamos a abrir colegios, la gente de casta alta nos decía que era un disparate, porque los adivasis no tienen cabeza ni facultades para ir a la universidad. Pero hemos demostrado todo lo contrario, que pueden ir a la universidad y lograr todo lo que se propongan. Esa es nuestra mayor satisfacción.

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