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Haití: Cansancio en la mirada

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HAITí: Cansancio en la mirada
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Una vez más asistimos al desastre, en directo. Una joven atrapada por los escombros, con el rostro emblanquecido por el polvo, alarga sus manos hacia los brazos que intentan rescatarla y mira al objetivo con un profundo cansancio.

Extiende los brazos pidiendo ayuda para paliar los efectos de esta catástrofe y nos conmueve. La comunidad internacional, a través de sus agencias humanitarias y las ONG especializadas en emergencias, se ha movilizado rápidamente para atender a las víctimas de este terremoto. Nuestra solidaridad es necesaria, también la económica, aunque veamos con horror la dificultad para hacer llegar la ayuda.

Desde nuestra sociedad, casi no podemos imaginar lo que supone ser haitiano –hombre o mujer- en 2010. El terremoto ha hecho conocidas las escalofriantes cifras del país. 8 de cada 10 personas viven bajo el umbral de la pobreza y su renta per cápita  es 25 veces inferior a la nuestra. Este país ocupa el puesto 149 de 179 por el índice de desarrollo humano y es el sexto más desigual de todo el planeta en la distribución de la riqueza interna. De hecho el 80% de su ciudadanía con estudios superiores se encuentra trabajando fuera. Un país viviendo para alimentarse al día siguiente, sin conseguirlo. Y sobre esa realidad, una ciudad en ruinas.

¡Pero son ciudadanos y ciudadanas de este mundo global y desarrollado! ¿O quizá no? Históricamente la sociedad global y sus estructuras de gobierno han fracasado en su deber de ciudadanía, en su obligación de fraternidad para con Haití.

Pero el mensaje de fondo que la mujer de la foto nos envía es de un hartazgo macerado a lo largo de siglos. Haití está cansado de tantas injusticias: Haber sido construido sobre la barbarie de la esclavitud de la raza negra; penalizado económica y políticamente después de conseguir la independencia; manipulado, ya más recientemente, por las élites internas que, en unas ocasiones, han gobernado a través de dictadores brutales y corruptos y, en otras, han conspirado para derribar a presidentes que no les resultaban cómodos. Y todo ellos con la complicidad del mundo con su situación de extrema pobreza y vulnerabilidad, por acción u omisión. Por todo ello, y mucho más, la población haitiana está cansada. No puede más. Tienen motivos, verdaderamente, para sentirse ofendidos cuando les llamamos hermanos en estos momentos de conmoción por la tragedia.

Desde el punto de vista social, podemos analizar las dimensiones de una catástrofe natural como el resultado de tres componentes relacionadas. Por un lado la amenaza, vinculada sobre todo a la ubicación geográfica. Por otro, la vulnerabilidad, que actúa como un amplificador de las consecuencias. En tercer lugar, las capacidades personales y sociales que, cuando están presentes, tienen el efecto de atenuar los efectos de una amenaza hecha realidad.

En este caso, la amenaza se ha hecho realidad en condiciones especialmente dañinas, pero la magnitud de la tragedia no se entiende sin la vulnerabilidad extrema de la población haitiana. Físicamente, por la precariedad de su arquitectura. Económicamente, por la falta de recursos para invertir en prevención de desastres naturales. Socialmente, por la falta de organizaciones civiles preparadas para organizar la ayuda. Institucionalmente, por su falta de capacidad, generada durante decenios de corrupción y falta de atención al bien común. Todos estos factores han multiplicado la amenaza y han hecho que el riesgo se haga realidad en forma de catástrofe irreparable para decenas de miles de haitianas y haitianos.

Es momento de arrimar el hombro con lo que podamos para paliar el desastre. Pero no es suficiente. No se puede soportar por más tiempo el drama diario de la creciente pobreza, desigualdad y vulnerabilidad de las mayorías del planeta. No podemos cuestionar – como venimos haciendo históricamente y más desde que la crisis financiera estalló- la inversión de los recursos disponibles en el norte rico, sin retorno económico alguno, a favor de la generación de capacidades en las sociedades empobrecidas. Ellas necesitan inversión en infraestructuras básicas y productivas, en educación, salud,… Debe acabarse nuestra cicatería, presupuestaria y de recursos humanos para su gestión, a la hora de hacer cooperación al desarrollo verdadera -estructural y a fondo perdido-. Apostemos por ello para acompañar eficazmente a Haití y tantos otros países del abandono y el olvido, incorporándose a la fraternidad y la ciudadanía global.

Ignacio Eguizabal, Director de ALBOAN

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