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El
pasado 11 de junio, los ministros de Finanzas del Grupo de los Ocho
(G-8, formado por los 7 países más industrializados,
ricos e influyentes del planeta más Rusia) acordaron anular
el 100% de la deuda multilateral de 18 países empobrecidos.
Este anuncio, realizado en una reunión preparatoria de la próxima
cumbre de jefes de Estado y Gobierno del G-8 que se celebrará
del 6 al 8 de julio próximo en Gleneagles (Escocia), y que
ha contado con una mirada un tanto complaciente en la mayoría
de los medios, presenta sin embargo una serie de claroscuros que conviene
explicar.
Aspectos positivos
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Este acuerdo es fruto y consecuencia de la
presión que han venido desarrollando durante tantos años
las campañas de movilización ciudadana. Este
hecho nos reafirma en la convicción de que mediante la acción
social sí que es posible conseguir cambios y avances.
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"Menos es nada": aunque sea parcial
y limitado, este acuerdo sigue suponiendo un avance. Es interesante
la apropiación del concepto de "100%" a la hora
de hablar de la anulación de la deuda (aunque luego en la
práctica no acabe siendo así).
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Sólo afecta a 18 países (aunque
se plantea la posibilidad de incorporar nuevos países más
adelante), de entre los 52 países del mundo considerados
como "severamente endeudados" y 61 calificados como de
ingresos bajos, y representa alrededor del 10% de la deuda total
de estos países. A la hora de beneficiar a unos países
frente a otros, los criterios elegidos han sido un tanto arbitrarios,
destacándose entre estos el cumplimiento de las políticas
de ajuste estructural sugeridas por el Banco Mundial y el Fondo
Monetario Internacional, frente a criterios tales como la pobreza
o la urgencia humanitaria.
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No se anula toda la deuda multilateral.
En el acuerdo no se menciona la deuda con el Banco Interamericano
de Desarrollo, a pesar de que entre los 18 países hay 3 latinoamericanos.
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Está sujeta a condiciones. La anulación
de la deuda esta sujeta a la adopción por parte de los países
empobrecidos de políticas de ajuste estructural, que
durante las últimas décadas han demostrado ser muy
poco efectivas en el incremento del crecimiento económico
y en la reducción de la pobreza, y que sin embargo, han tenido
impactos sociales muy negativos en los países donde han sido
aplicadas.
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No se plantea la responsabilidad de los países
acreedores. El problema del endeudamiento externo, por su origen
histórico y posterior evolución, es un problema cuya
solución, al menos, debe ser compartida por acreedores y
deudores. Todos los esquemas de alivio de deuda propuestos hasta
la fecha están orientados a garantizar el cobro de las deudas,
y han sido diseñados unilateralmente por los acreedores.
Esto es debido a la inexistencia de una institución de ámbito
internacional independiente, ni de unas reglas internacionales de
quiebra o impago. Sería necesario el desarrollo de un procedimiento
de arbitraje transparente que decida qué deuda se debe pagar
y cuál no, por ser ilegítima (como se define ahora
a la deuda de Irak), y que establezca los esquemas de alivio de
deuda teniendo como criterio principal la erradicación de
la pobreza y no el criterio de "sostenibilidad de los pagos".
Para saber
más...
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